Simón abrió las ventanas de par en par y respiró profundamente. Pero para su desgracia, esas ventanas daban a un patio de vecinos, desde las que solo
podía ver ropa tendida y
ladrillo, y debido a la altura del edificio, apenas llegaba la luz del sol. Eso le
entristeció aun más, y
pensó que definitivamente ese no era su
día.
Cerró las ventanas con tristeza, y las bisagras chirriaron
estridentemente, lo cual hizo más
tétrica la
situación. Se
sentó en su silla de oficina, la cual tenía vida propia y se ajustaba para adoptar la postura mas incomoda para
Simón. "Maldita sea mí suerte" maldijo, y miró hacía delante. Encima de su mesa esperaban miles de informes dispuestos a crearle un agudo dolor de cabeza.
El ligero ruido que surgía del aire acondicionado tampoco ayudaba a crear una
situación idílica. Todo estaba en su contra, y una terrible
sensación de soledad
pobló su
corazón, haciendo juntar sus costillas contra sus pulmones, generándole mayor agobio.
Tecleó la contraseña del ordenador y el famoso sonido de
windows retronó en la silencioso despacho. Como odiaba ese ruido, más aún que el del despertador mañanero que le indicaba que
había venido a este mundo a hacer cosas que no le gustaban para pagar una hipoteca.
Siempre era muy respetuoso con su trabajo, pero ese
día decidió arriesgar, y
abrió su correo
electrónico. Sobre la bandeja de entrada
apareció un número, 67, sesenta y siete mensajes sin leer. A cualquier persona esto le hubiera ilusionado, a
Simón no, por que sabía que todos
ellos serían por motivos laborales o bien ese odioso
spam publicitario. Pero al observarlos detenidamente, vió una
dirección extraña, hasta ahora no conocida por él. Aun
arraigándose a que fuera un virus,
decidió abrir el mensaje.
Sus ojos se llenaron de
lágrimas, pues eran tristes noticias. Su amigo Pedro, acababa de fallecer en un accidente de moto cuando hacía una de sus rutas. Un amigo
común del que hacía mucho tiempo que no tenía noticias le
había enviado el mensaje.
Lo cierto es que de Pedro
también hacía mucho tiempo que tampoco tenía noticias. Pedro era lo que siempre
había querido ser
Simón. Una cometa libre, sin hilos, que volaba al antojo del viento sin camino definido. La vida de
Simón, su destino en cambio, era guiado por un
GPS que con voz cruel le
había dicho siempre lo que tenía que hacer. Siempre le envidió, pero a la vez fue una lejana luz de esperanza que le indicaba que el destino estaba en sus manos, y no en la de otros. Pero ahora estaba muerto.
Apretó sus manos contra sus cabellos y
sintió la terrible
necesidad de llorar. En esos momentos entró su jefe, que ajeno a su pesar,
empezó a
hecharle en cara que no
había comenzado su trabajo y
que los expedientes estaban aun encima de la mesa y
bla,
bla,
bla, más.
Simón se levantó y
volvió a abrir las ventanas.
Vacío.
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Un año
después, Simón se encontraba en la cumbre de un monte. No fue necesario abrir las ventanas, solamente cerró los ojos y
dirigió su cara al sol radiante que iluminó su rostro. Respiró profundamente.
Libre.
Dedicado a todos los Pedros, reales o ficticios( como en este caso) que supone una pequeña luz en este mundo de tormentas que es el camino de la vida.